La agricultura puede favorecer al planeta con una buena gestión del dióxido de carbono, lo que es posible con un equilibrio entre su emisión y su absorción. De ahí que una transición a la llamada agricultura de carbono sea muy recomendable, incluso necesaria, con vistas a afrontar el cambio climático.
Este tipo de agricultura conlleva una serie de prácticas. Son, por ejemplo, la reducción de la labranza, el aumento de los cultivos de cobertura, la eliminación de las tierras en barbecho, la mejora de la gestión de residuos, la siembra de cultivos complementarios, la limitación de la aplicación de fertilizantes, el fomento de la agrosilvicultura, etc.

La Unión Europea propone y dispone su desarrollo
El objetivo de la agricultura de carbono es secuestrar el CO2 para almacenarlo en el suelo, así como reducir su huella en la atmósfera. Los beneficios son múltiples, entre otros, la mejora de la salud del suelo, la eficiencia hídrica, el respeto por la biodiversidad, la reducción de insumos o la creación de nuevas fuentes de ingresos con créditos de carbono.
Esta agricultura, concretamente, es una actividad sostenible que la Unión Europea pretende incentivar. En el año 2024 su parlamento aprobó un reglamento que abría una ventana a un mercado de certificación del carbono agrícola y que, durante el presente año, las autoridades tienen que detallar.

Luces y sombras de una actividad en proceso de expansión
Un interesante informe de COAG cita sus oportunidades y riesgos. Por un lado, la agricultura bien gestionada es sumidero de CO2 y no sólo fuente de emisiones; por otro, señala que lo ideal sería vincular esa certificación al agricultor activo para evitar que los fondos de inversión acaparen ayudas, suba el precio de la tierra y se expulse al productor.
Asimismo, COAG alerta sobre el peligro de especulación que subyace en prácticas de grandes industrias y fondos de inversión. Generan bonos que luego se venden en mercados regulados en los que, lógicamente, haya ahí un negocio. El reglamento europeo se debería aprobar en 2027 con una metodología de certificación específica que España, a lo largo de este año, tiene que detallar y definir.

Una agricultura bien implantada en tierras riojanas
En varias comunidades, como es el caso de La Rioja, la agricultura del carbono se lleva a cabo desde hace años. Por ejemplo, si antes se quemaban los sarmientos, ahora se incorporan a la tierra. Lo único que sale de la cepa es la uva, el resto se sigue quedando en la tierra, es decir, la hoja y el sarmiento. Así las cepas absorben el carbono durante todo el año.
Esto implica minimizar el laboreo durante varios meses al año. Cuanto menos se labre, menos oxígeno entra en la tierra y menos se oxida esa materia orgánica, conservándose durante más tiempo. Esta técnica se aplica en el cultivo de la vid y los frutales. Los aportes a la cubierta vegetal son considerables tras la poda de ramajes, que se machacan para servir de abono.
La captura de dióxido de carbono es propia de una agricultura sostenible




