El excedente alimentario no debe ser un desperdicio

Ya está en vigor la ley contra el desperdicio alimentario. El objetivo, a cuatro años vista, es reducir a la mitad los productos que terminan en la basura, algo que afecta a todos los eslabones de la cadena alimentaria. El compromiso ha de ser absoluto, lo que supone una total implicación en términos de responsabilidad y compromiso social.

Un reciente estudio demuestra que España es el país europeo con menos desperdicio alimentario por habitante. La sensibilización pone de manifiesto una cultura que va en aumento; las grandes carencias en el Tercer Mundo nos llevan a apreciar más todo lo que comemos. Aun así, cada año se tira un millón de toneladas de productos naturales y procesados, que podrían ser aprovechados. 

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Mesa para tres con medidas vinculantes

Las negociaciones han sido arduas, pero las medidas que se pusieron sobre la mesa salieron adelante. A partir de ahora, la ley obliga a los productores, industriales y distribuidores a aplicar planes para paliar la pérdida de alimentos. Es más, en el caso de generar excedentes, deben tener previstos planes alternativos. Una opción es la donación a aquellas personas que no tienen la posibilidad de adquirir estos productos; otra es la alimentación animal mediante la transformación. Si lo anteriormente citado no fuera posible, dichos alimentos se utilizarán como materia prima para la elaboración de productos de distinta naturaleza.

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Alimentos por los suelos debido a los precios en origen

En cuanto a los productores, las pérdidas para agricultores y ganaderos vienen como consecuencia de factores meteorológicos y plagas o enfermedades, que deterioran el aspecto del fruto, impidiendo que cumpla los requisitos para su exposición en los lineales. No obstante, las mayores trabas son las bajadas de precio que restan rentabilidad a sus cosechas; tanto es así que, en ocasiones, deciden no recolectar la producción.

Una buena logística favorece al sector

Sobre los industriales, FIAB ha publicado varias guías que ayudan a las empresas a detectar dónde pueden efectuar un mayor esfuerzo. Por ejemplo, tener en orden y al día el mantenimiento de los equipos; otra es adaptar la producción a la demanda real para no desperdiciar el producto sobrante, incluso influye mucho el diseño de envases o la digitalización en el almacenamiento para el futuro transporte.

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Fórmulas para despertar el apetito

Con respecto a los distribuidores, cabe decir que ostentan el índice de desperdicio más bajo de la cadena. La gestión eficiente de pedidos y almacenes es básica, entre otras cosas porque el desperdicio supone un coste. Las grandes superficies aplican soluciones como ofrecer alimentos próximos a la fecha de caducidad con descuentos o precios reducidos.

Otra solución es dar una segunda vida a las frutas y hortalizas, como naranjas y tomates, que cuando tienen un exceso de maduración, pero están en buen estado, se emplean para hacer mermeladas. La hostelería está obligada por ley a facilitar al cliente la comida que no ha ingerido, proporcionándole un envase para que se la lleve a casa.

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Iniciativas que alimentan la solidaridad

La firma de convenios con cooperativas, fundaciones y asociaciones solidarias es otra alternativa para realizar buenas prácticas, como las recogidas que realizan la Federación Española de Bancos de Alimentos, Cáritas o la Fundación Altius.

En definitiva, tomar conciencia de lo que cuesta producir un alimento es la principal forma de luchar contra el desperdicio en los hogares, que es donde más comida se arroja a la basura. Esto significa asumir que los alimentos tienen un valor, más allá de lo que pagamos por ellos, dado que en ese precio hay una serie de costes que han sido necesarios para producirlos, como el coste energético, el agua, etc.

Despreciar lo que sobra se termina echando en falta

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