El estrés térmico asola los campos de cereal

Las altas temperaturas están afectando seriamente a la cosecha del cereal. Intensas y sucesivas olas de calor, registradas durante los meses de junio y julio, complican la campaña a muchos agricultores. Varias jornadas con 39 y 40 grados centígrados perjudican el desarrollo del trigo, la cebada y la avena, provocando una reducción significativa de la calidad del grano.

Las cooperativas y organizaciones agrarias afirman que el calor extremo ha llegado en mal momento. Durante el mes de junio, gran parte del cereal se encontraba en la fase de llenado del grano, una etapa clave para determinar el peso final de la cosecha y el rendimiento por hectárea. Temperaturas demasiado elevadas aceleraron el proceso de maduración, obligando a las plantas a completar su ciclo prematuramente.

El espigado de la planta no es óptimo

El espigado de la planta no es óptimo

Según los expertos, el fenómeno conocido como “golpe de calor” provoca una interrupción parcial de la actividad fisiológica de la planta, que repercute en su nutrición. Si las temperaturas superan determinados umbrales durante días consecutivos, el cereal minimiza su capacidad para realizar la fotosíntesis y destina sus recursos a garantizar la supervivencia de la planta en lugar de al desarrollo del grano.  

Las consecuencias son granos más pequeños, lo que implica un peso específico inferior. En varias comunidades autónomas, como Castilla-La Mancha, Castilla y León, Navarra, Aragón y Andalucía, los rendimientos finales se sitúan claramente por debajo de las previsiones realizadas. Traducido a números, se habla de entre un 15 y 40% menos de producción, lo que supone un descenso significativo.

La sequía limita las posibilidades de los productores

La sequía limita las posibilidades de los productores

A este escenario hay que añadirle la falta de precipitaciones. Aunque el primer trimestre del año se prodigaron las lluvias, la súbita subida de temperaturas provocó una rápida evaporación del agua. Dicha circunstancia incrementó el estrés hídrico de los cultivos y agravó los daños en las explotaciones de secano.

Las consecuencias económicas para el sector no se han hecho esperar. Menos toneladas cosechadas suponen menores ingresos para las explotaciones agrarias, además, con el agravante del incremento de los costes de producción debido al encarecimiento de los insumos. Por otro lado, una menor disponibilidad de cereal nacional puede aumentar la necesidad de recurrir a importaciones para abastecer a la industria harinera y a las fábricas de piensos.

La comercialización se ve comprometida

La comercialización se ve comprometida

Los perjuicios no se limitan sólo a la cantidad producida, sino también a la calidad del cereal. Su deterioro afecta a parámetros fundamentales para su comercialización, como el calibre y la uniformidad del grano. Por ejemplo, en el caso del trigo, la maduración acelerada puede alterar las propiedades panificables y reducir el rendimiento industrial durante los procesos de molienda. En el caso de la cebada, las temperaturas elevadas merman la calidad y homogeneidad exigidas por el mercado para la fabricación de malta en la industria cervecera.

Asimismo, otro efecto negativo es el aumento de la fragilidad del grano. Cuando la planta se seca de manera brusca debido al calor, aumenta el riesgo de desgrane prematuro y también de pérdidas de grano durante la labor de las cosechadoras, con lo que se reduce el volumen de la recolección.

En definitiva, la situación actual vuelve a poner de manifiesto la creciente vulnerabilidad del sector agrícola frente al cambio climático. Los productores reclaman inversiones en investigación para desarrollar variedades más resistentes al estrés térmico, mejoras en los sistemas de gestión del agua y un refuerzo de los seguros agrarios que permita compensar adecuadamente las pérdidas derivadas de estos episodios meteorológicos.

El exceso de calor daña el cereal en grado en sumo

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